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“Muchas veces no registras lo importante cuando pasa, sólo ves que era importante cuando miras atrás”.

Desde los primeros minutos de esta comedia negra te das cuenta de que “The end of the fucking world” no es la clásica historia “Chico conoce chica”, ni un coming of age convencional. James es un muchacho incapaz de experimentar sentimientos- Está seguro de que es un psicópata y, después de hacerlo con varios animales, quiere vivir la experiencia de matar a un ser humano. Alyssa es una chica con un apetito insaciable y harta de su disfuncional familia, de las estupideces de la escuela y del sin sentido de la vida. Cuando se conocen cada uno encuentra lo que buscaba. Ella ve en él a un tipo diferente, alguien poco convencional con quien podría pasar el rato sin enloquecer. Él ve en ella a su potencial víctima.

Todo eso se plantea en los primeros minutos de una serie de ocho capítulos, cada uno de entre 18 y 22 minutos, en los que los acontecimientos suceden de manera vertiginosa y cuyo desarrollo va planteando sin sutileza, pero con extraordinaria hermosura y un muy oscuro sentido del humor, un paseo por una pesadilla adolescente que no deja de sorprender por las emociones que provoca.

Astuta, tragicómica, perturbadora y subversiva, “The end of the fucking world” no es del tipo de comedias que nos ha ofrecido Netflix sobre personajes psicópatas, como “Santa Clarita Diet” cuya narrativa está dominada por el absurdo, ni chantajista y “conmovedora” como “13 reasons why”. Esta serie no construye moralejas, sino un brillante y condensado coctel de emociones, dentro de la narración de un encuentro de dos jóvenes consigo mismos y con todo lo que importa.

Dados sus 164 minutos, puede verse de corrido al punto de sorprender cuando, al terminar el octavo capítulo, no hay más que ver. Sobresalen las actuaciones de Jessica Barden (la joven a quien le sangra la nariz en “The Lobster”), cuya interpretación enamora y de Alex Lawther, a quien seguramente recordarás como el chico al que chantajean por ver porno en internet, en el capítulo “Shut up and Dance” de la tercera temporada de Black Mirror. Por si fuera poco, la música que acompaña cada capítulo le da un toque que la convierte en magistral y, quizá, con el tiempo en una serie de culto. Ojalá, con el éxito, no caiga Netflix en la tentación de estropear la poesía con una segunda temporada.