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Por Lulú Petite

Burning es una película del director surcoreano Lee Chang Dong, inspirada en el cuento corto de Haruki Murakami: “Quemar graneros”.

En principio, parece un melodrama relativamente convencional sobre un triángulo amoroso. Jongsu es un hombre joven y semi desempleado, con aspiraciones de escritor. Se reencuentra con Haemi, una vecina de la infancia que trabaja como edecán. Ambos viven en una precaria clase media.

Jongsu se enamora de ella. Es un enamoramiento apasionado, pero contenido, de esos que nacen de encuentros fugaces y se alimentan de ausencia. Después de hacerse el amor, ella hace un viaje, del cual regresa acompañada.

Su nueva pareja, Ben, es un joven atractivo, de aspecto impecable y claramente adinerado. La tensión entre los personajes es evidente. Avivado por la confrontación de masculinidades y los contrastes de clases. Celos y rivalidades subrayadas por los contrastes en las escenas. Uno guapo, rico, seguro de sí mismo, en la Corea del Sur de barrios elegantes y ultramodernos, restaurantes de lujo, siempre rodeado de amigos. Otro, siempre solitario, un poco encorvado, huérfano, con sus padres vivos, en una Corea casi rural, sin salir de Seúl, con un trabajo de ganadero de un solo ternero y un sueño inasequible de escritor.

Burning no adapta el cuento de Murakami, sino que retoma y redimensiona algunos de sus momentos clave.

“—No se trata de talento ni nada de eso… No se trata de pensar que allí hay una mandarina, sino de olvidar que no la hay. Eso es todo.” es una frase del cuento en el que el autor japonés nos presenta a su protagonista mientras pela mandarinas imaginarias como parte de un ejercicio de sus clases de pantomima. Es, también, una de las primeras escenas de la película. Sobre esa premisa gira toda la cinta. Como la mandarina, no se trata de pensar en lo que vemos, sino de olvidar lo que no vemos. Burning es una historia sobre la pérdida.

Ella es una mujer deseable e inasible, objeto de una feroz, pero contenida, competencia de virilidades que parece caminar entre el masoquismo y la crueldad. Una competencia que parece perdida para un Jongsu parco y derrotado, observador celoso de una relación que quisiera para él.

La competencia y la pérdida pasan de lo metafórico a lo literal después de una conversación entre Jongsu y Ben. Mientras comparten un cigarro de mariguana Ben confiesa su gusto por quemar invernaderos. Después de todo, a nadie le importan, nadie nota cuando desaparecen, especialmente si es a manos de un hombre adinerado. A partir de ese momento la historia da un giro. Termina el melodrama y nos sumergimos en un triller.

A fuego lento, Chang Dong recompone la historia original. Llena los espacios. Si el brevísimo cuento de Murakami deja a la imaginación del lector la tarea de componer el acertijo, sin dar soluciones, la película logra sostener esos elementos por poco más de dos horas y media. Ofrece más en lo que oculta que en lo que presenta.

Aderezado con sutiles referencias a American Psycho, Great Gatsby o al cuento original de Faulkner “Barn burning“, la película mantiene los acertijos, no da certezas y lleva al espectador por un laberinto en el que comparte las angustias de sus personajes, hace sentir las emociones, el deseo, la competencia, y las dudas, sin llevarlo a ninguna conclusión definitiva.

Burning nos hace olvidar que allí no hay una mandarina y que, al final, todo lo que vimos pudo ser (o no ser). De lo mejor que puede verse en Netflix.