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Autógrafos

por Alejandro Gámez

Autógrafo de Shakespeare

En el principio de la civilización, cuando el hombre aprendió a ser gregario, el fin de cada individuo era la conservación del grupo, todos cazaban, todos cargaban los frutos a almacenar o todos defendían el territorio común. Incluso el guerrero más fiero era uno más dentro del grupo. Hasta que nació la escritura y de alguna manera quienes destacaban por su pensamiento comenzaron a despertar la admiración del vulgo. El conocimiento se convirtió en una forma de poder y al crecer las civilizaciones, los poderosos procuraron rodearse de los pensadores. La mente más grande de la antigüedad, Sócrates, fue maestro de Platón, y éste de Aristóteles, así que cuando Filipo de Macedonia quiso para su hijo Alejandro la opción lógica fue precisamente Aristóteles, Resultado: Alejandro Magno se convirtió en el máximo conquistador de la historia. Y para el pueblo la constancia de las hazañas, tanto de esos hombres como otros como Fidias, Homero, Pitágoras, etcétera fue la reseña de sus obras.

Al pasar de los siglos, y ante el desarrollo de las artes y la escritura, los poderosos se procuraron la compañía de los mejores artistas, así Leonardo fue pintor de Lorenzo el Magnífico, Velázquez de Felipe lV, y Mozart como niño prodigio tocó ante las principales cortes de Europa. Y ante el desarrollo de las artes y ciencias era más difícil para un noble tener para sí, en exclusiva, el producto de esas mentes deslumbrantes, y así, nacieron las obras por encargo, con su respectiva dedicatoria. Y con esta dedicatoria el noble compartía el mérito de la creación, aunque en ocasiones fueran tan ignorantes como el más humilde vasallo. Por un sentido de identidad, los miembros de la corte tomaban como propias las obras generadas por esos mecenazgos y patrocinios, de tal suerte que , cuando lograban obtener de tal o cual lumbrera una dedicatoria en una copia, o tan solo una firma en un papel, ésta se convertía en mudo testimonio de la participación propia en la genialidad del genio.

Así que ya avanzada la “civilización”, la costumbre de coleccionar las firmas autógrafas de tal o cual figura, se convirtió en una afición por la que el individuo podía sentir como propio los logros de quien autografiaba, era la prueba tangible de que se compartió un instante de la existencia, de que un individuo gris se podía codear con una celebridad, máxime si a la firma la acompaña una frase corta personalizada. Así nació el autógrafo.

Y con el sorprendente avance tecnológico de la telefonía, el autógrafo escrito va a ser desplazado, sin terminar de desaparecer por completo, por la foto. Porque ¿para qué un papel firmado, si quién sabe si el nombre que está anotado corresponde en realidad con la persona, si se puede tener casi igual de fácil (o difícil) la fotografía que atestigua el encuentro?

No deja de ser llamativo cómo algo que nació como un homenaje a la capacidad artística o intelectual de alguien se ha devaluado al grado de que, hoy por hoy, podría ser más valorado para determinado ciudadano medio, un autógrafo de Paris Hilton que de la última premio Nóbel de Literatura .

Aunque, por otro lado, así como (¿dónde lo leí, dónde lo leí í?) ciertos olores nos pueden trasladar en el recuerdo a las navidades vividas en la infancia, la foto nos hace evocar en la memoria el momento en que se tomó, es cuando un instante se convierte en eterno. Todo esto vino a cuento por pedirle a cierta amiga una foto, su reacción ante la solicitud fue en cierta forma penosa (siendo que el penoso debí ser yo), pero en fin, ya le solicitaré lo mismo pero deslavando el rostro , como se acostumbra de pronto en los noticieros.

Me despido, voy a ordenar cronológicamente mi colección de autógrafos

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