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En sus zapatos

Publicado en El Gráfico el 21 de octubre de 2014

Querido diario:

Vicente vive en Cuernavaca, es casado, bajito, tiene 57 años, cabello canoso, dentadura impecable y muy buen sentido del humor. Tiene talento natural para hacerme reír. Su ingenio es su carta de presentación. No es de los que cuentan muchos chistes, sino que te va diciendo las cosas de modo que cada palabra lleva un doble sentido, una ironía, un comentario inteligente para robarte una sonrisa. Me encanta estar con él. Es profesor en una Universidad privada, adora su trabajo y a sus alumnos, como profesionista, trabaja por su cuenta. Le va bien.

Me gusta estar con él, su conversación es deliciosa y, cuando nos vemos, se pasa casi toda la hora platicando. Eso sí, cuando siente que ya es tiempo, la sangre le bulle y le entran las ganas de coger, es como si lo poseyera Belcebú: Se le hinchan los ojos, se le endurece el sexo, se pone colorado y brinca sobre mis labios. Manosea mis pechos, me desnuda con prisa y, con la misma prisa, me coge.

No lo hace mal, al contrario, lo intempestivo lo convierte en una especie de animal en celo, no sé, hay algo sabroso en la forma de aparearse de los animales salvajes y él tiene esa furia. Clava sus manos en mi cintura, me penetra con entusiasmo y se deja llevar ocupado solamente en su placer, en metérmela, en poseerme, lo hace con entusiasmo, egoísmo y, a la vez, destreza. De algún modo eso me excita y se vuelve un rapidín muy disfrutable. En cuanto eyacula, se quita el condón, le hace un nudo, lo tira al cesto y vuelve a ser un hombre tranquilo y amable, se da una ducha rápida, se viste con calma y nos despedimos, hasta su próxima escapada de Cuernavaca.

Ayer, en cambio, me encontré con un Vicente distinto. No hicimos el amor ni hizo bromas, sólo nos recostamos desnudos y conversamos. A veces es así con algunos clientes, no buscan sexo, sino compañía. Vicente siempre había pedido un poco de las dos, por eso me pareció tan raro verlo triste.

Es un hombre que se toma hasta las cosas malas con sentido del humor. No vivimos en un mundo perfecto, pero ¿qué se le va a hacer? Sin dejar de reconocer el dolor de otros, no podemos poner sobre nuestros hombros las penas ajenas. Supongo que esa es una de las claves por las que siempre nos hemos entendido.

Ayer lo vi distinto, como si cargara una losa. Me contó que llegó a dar clases y miró a sus alumnos. En cada silla estaba mirándolo una niña o un niño de veintitantos años. En cada silla había una persona, suficientemente adulta para votar, hacer el amor, comprar alcohol, conducir un automóvil, decidir sobre su vida, defender una opinión, perseguir una meta o planear un futuro; pero también suficientemente joven para no ser del todo independientes, para necesitar el apoyo o al menos la guía de sus familias, para tener mucho más por vivir que historia vivida. Estaba parado frente a un grupo de adultos tan nuevos que no alcanzaba a distinguirse en ellos el límite entre la infancia y la madurez.

Cuando estuvo allí, no pudo evitar pensar en las noticias que venía escuchando en la radio. Pensarse a sí mismo, no en una escuela cómoda y urbana, sino como maestro de una normal rural. Se puso en los zapatos de un maestro de Ayotzinapa.

Vio de nuevo a sus alumnos y pensó qué sentiría si desapareciera una de esas caras jóvenes. Qué vacío sentiría él como maestro, qué angustia sentirían sus padres, sus hermanos, su familia, sus amigos, sus seres queridos. Pensó entonces qué sentiría si de golpe desaparecieran todos.

La gente no desaparece, su ausencia no se cuenta en sillas vacías, ni el peso de la ley devuelve el alma al cuerpo. A veces, cuando escuchamos hablar de normales rurales, parece un tema tan ajeno, parece difícil identificarte con ciertas formas de hacer protesta o de entender el mundo, pero ver las fotos de esos jóvenes, es como mirar un espejo: la misma carne, los mismos ojos, los mismos sueños.

Iguala fue un acto brutal. No es algo ajeno que pasó en una ciudad pequeña de Guerrero. No es un asunto de normalistas. Es un tema nacional y de todos. Como ciudadanos, debemos ser empáticos con las víctimas. Alguien ordenó matarlos. Muchachos desarmados y sometidos, fueron torturados y acribillados. Un horror.

Ayer Vicente no sonrió, ni hizo bromas. Me platicó de sus alumnos y de lo mucho que los extrañaría. Me dijo, tragando saliva, que si algo les pasara se iría a buscarlos. Yo nunca hablo de política y cuando mis clientes lo hacen, cambio de conversación. Es un tema en el que difícilmente quedas bien y que no se lleva bien con el sexo ni con este espacio. Esto no se trata de política, pero si del dolor de un amigo. Un dolor que comparto. No sólo por los jóvenes que, en lugar de estar en su escuela, son una ausencia tormentosa, sino por cada ser humano que hoy no está con los suyos, por cada madre o padre que espera saber de su hijo, por cada desaparecido en un país, como a Vicente, al que le urgen motivos para volver a reír a carcajadas.

Hasta el jueves
Lulú Petite

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