Dos mil trece

 
 
Querido 2013:
¿Qué te digo? Estás acabado. Das los últimos respiros de tus 365 días de vida. Hoy, mucha gente en el mundo se prepara para recibir a tu sucesor, con los más sinceros deseos de que sea mejor que tú.
Disculpa la rudeza. No te escribo a modo de reclamo ni tengo la intención de ofenderte. Buenas o malas ¿tú qué culpa puedes tener de las cosas que nos sucedieron mientras transcurrías? Ultimadamadresmente, tú eres como los trenes, simplemente recorres tu camino, lo que sucede en cada vagón, es cosa de quienes lo ocupan.
 
De todos modos ya estamos listos para corear la cuenta regresiva. Para endosarle al año que entra todos tus pendientes. Admitámoslo amigo, una de las cualidades del ser humano es nuestra capacidad de confiar en que todo tiempo venidero será mejor. No lo podemos evitar, no lo tomes personal, estamos hechos de esperanza. Ella nos mueve, nos motiva, nos convence de que, aun en los peores momentos, mientras haya pulso en nuestras venas y aire en nuestros pulmones, habrá siempre la posibilidad de que todo se componga, que le salgan peras al olmo, que se nos aparezca el genio de la lámpara o el hada bonachona que nos cante Bíbidi Bábidi Bu y todo se arregle. Estamos predispuestos a pensar, que si la suerte nos da la espalda, es para que podamos chulearle las nalgas.
 
Así fue hace un año, cuando despedimos al 2012 y pusimos en tu espalda de recién nacido la responsabilidad de ser el mejor año de nuestras vidas. Levantamos las copas y te hicimos jurar en silencio que te encargarías de cumplir nuestros deseos y ayudarnos a alcanzar metas. Claro, no somos ingenuos, las cosas no vienen solas, por eso nos pusimos chones rojos para que te encargaras de que no faltara un corazón que le pusiera sabor a nuestros días y calor a nuestras noches o estrenamos unas coquetas tangas amarillas, para que te aseguraras de que no faltara morralla en nuestras alcancías. Pusimos maletas en la puerta para que nos llevaras de viaje más allá de Oaxtepec, barrimos la entrada de nuestras casas, para echar a la calle la mala vibra del 2011, colgamos en la puerta un borreguito, para que al menos en la casa la lana no faltara, al sonar las campanadas que anunciaron tu llegada nos atragantamos doce uvas para que cada uno de tus meses fueran memorables y, desde luego, en cuanto llegaste brindamos y nos abrazamos, con nuestro corazón hinchado de esperanza, deseando que fueras suficientemente generoso como para garantizarnos trecientos sesenta y cinco días de salud, dinero y amor. No te puedes quejar, te la dejamos baratita.
 
El caso es que te acabaste. Agonizas. Al rato, estaremos barriendo tus malas vibras y cargando al lomo del 2014 la injusta responsabilidad de llevar todas las promesas que dejaste incumplidas. Estás en la lona, más noqueado que Paquiao, y ni yendo a bailar a Chalma alcanzas a ponerte al corriente en estas últimas horas de tu corta vida, con todo lo que nos quedaste a deber.
 
Sí, te dije que no es reclamo, ya sé que tú no tienes la culpa de nada. No es necesario que saques a relucir tu vocación de Poncio Pilatos. Puedes irte con la conciencia tranquila, todos sabemos que cada quien es responsable de sus propios propósitos.
 
Aunque la neta, la pones difícil, bien dicen que hacer dieta es el propósito más común en la noche de año nuevo. Claro que cada quien es responsable de lo que se mete al buche, pero no vas a decir que nada tienes que ver con el boicot a los propósitos, cuando apenas asumidos, pones en tu calendario partir la rosca de reyes y la tamaliza de la Candelaria.
 
Ayer atendí a un cliente. Era un hombre maduro. Cabello blanco, barba tipo Freud, impecable, con un traje de lino color café claro, zapatos escrupulosamente boleados, lentes de óvalo, con armazón dorado muy delgado, olía un poco a tabaco y mucho a perfume. Hicimos el amor despacio, con cierta galantería que me hace sentir muy cómoda con los clientes mayores.
 
Hablamos de ti. Él me dijo que te consideraba un buen año, aunque a su edad le cuesta trabajo recordar uno que pueda ser mucho más importante que los otros: el año en el que se enamoró, el año en el que nacieron sus hijos, en el que se hizo abuelo, en el que viajó a Europa, en el que murieron sus padres o en el que enviudó.
 
-Lo importante- me dijo con cierta nostalgia -no son los años que pasan, sino las cosas que nos dejan y las que nos quitan.
 
Tengo que reconocer, querido 2013, que te he de recordar como un año agridulce. Te vas habiéndome dado y quitado más que cualquier otro. Me enamoré. Se fue lejos. Me desenamoré. Conocí a Iván. Me volví a enamorar. Hice nuevos amigos, trabajé mucho. Por fin fue publicado mi libro, Los Secretos de Lulú Petite ¡Qué día más emocionante cuando lo vi a la venta en una tienda departamental! Murió Mat. Qué día más negro y absurdo. Lloré hasta quedarme seca. Lo sigo llorando.
 
Por eso no te reclamo ¿Tú qué? Sólo pasaste, dejándonos historias para contar y otras sólo para recordar. Por eso decidí que para 2014 no voy a hacerme propósitos. Mejor, cada día me levantaré y me haré un único y mismo propósito: “ser feliz hoy”, si lo consigo razonablemente seguido, el que inicia será un año maravilloso. Hasta siempre 2013 y gracias.
 
¡Feliz 2014!
Lulú Petite


 

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