Monterrey

Querido Diario:

Era una noche profundamente oscura, el viento soplaba y un tapiz de estrellas decoraba el cielo. No recuerdo otro cielo como ese. Él me hacía el amor al aire libre, clavándome su tremendo sexo en la caja de una pick up improvisada como cama. Dejamos que nuestra sangre hirviera y nuestra piel sintiera el alivio del contacto. El ramalazo de la pasión urgente, rústica e impulsiva. Era una delicia sentir la virilidad de aquel hombre tosco y erótico, abriéndome las piernas y metiéndose entre ellas ¡Caramba, cómo cogía!

Sus manos en mi cintura, su boca en mis labios, su erección tremenda taladrando entre mis piernas. La noche, sus brazos, el cielo estrellado. Sus manos apretando mis senos, sus piernas sólidas, sus nalgas redondas. Su prisa, sus mimos, su furia mansa. Qué cogida inolvidable.

Lo conocí esa misma tarde. En Monterrey. Eran los tiempos del hada, habíamos ido varias chavas a trabajar allá, pero la chamba fue rápida y nos quedaron unas noches libres.

Monterrey es una ciudad majestuosa. La conozco bien. De un modo u otro, algo en mi vida pone a la Sultana como una ciudad de la que siempre me siento pobladora. Algún día, con más tiempo, platicaré sobre los lazos que me unen a Monterrey como a un cordón umbilical jamás cortado, lo cierto es que cada vez que regreso me encuentro con una ciudad más grande, más sorprendente, más moderna e imperial. Una ciudad que se empeña en no llevar lo regio sólo en el nombre, sino en sus calles, en sus edificios, en sus plazas, en sus montañas (su hermosa corona de montañas) y, sobre todo, en su gente.

Creo que la principal magia de Monterrey es esa: Su gente. Personas amistosas, bromistas, de sonrisa amable y abrazos francos. Gente alegre, cantadora, bailadora, desmadrosa, pero sobre todo muy trabajadora (o jaladora, como dicen allá). Gente orgullosa, porque tiene de qué presumir, pero también amorosa y amable. Ese es el secreto de Monterrey, que su gente es capaz de levantar un imperio de la nada, a base de puro jale.

Me encanta su vocabulario y su acento. Sus sodas, sus cheves, sus trocas, su raza. Allá no se habla español, se habla regiomontano y se habla con madre. Su comida es una delicia simple. Allá un festín te lo puedes dar con unos buenos cortes de carne, un asador, aceite y sal. En las tiendas venden litros. Vasotes de bebidas preparadas con los que te la puedes pasar pisteando toda la noche. Al menos en la época en que yo conocí, ahora, es una pena saber que la paz de los regios no es la misma.

Allá son muy famosos los rodeos. Así que como teníamos la noche libre, unas amigas y yo decidimos visitar uno que supuestamente estaba muy de moda. Había una banda tocando música ranchera, toda desde Joan Sebastian hasta los Cardenales de Nuevo León. La gente, con las cheves en las manos, botas, sombreros y jeans ajustados, festejaba al ritmo de la música.

El antro estaba lleno y todo mundo bailaba y chupaba. De pronto entró un chavo. Un tipo que se caía de pinche guapo. No guapo-bonito, sino onda domador de potros. Un vaquerote con cara de guardia rural y cuerpo de pecado capital, que de inmediato atrajo la atención de todas las mujeres. Grandote, fuerte, con la barba cerrada, tipo lija, manos grandes y un bultote que le saltaba en el pantalón y que daban ganas de calar.

El tipo se puso a bailar y más llamó la atención. Daba unos pasitos de esos de los bailes norteños que parece que se están dislocando huesos, bailaba maravillosamente. Él estaba de un lado del salón y yo del otro, pero desde allí le disparé una mirada de la que no pudo zafarse. Con todo y el montón de chamacas que se le ofrecieron, puse a funcionar mis mejores dotes para ser yo quien me lo llevara.

La noche realmente estaba oscura, el viento de Monterrey, en una noche de verano es una especie de alivio que, en el día abochorna, pero en la noche seduce. El cielo era un tapiz de luces, no he visto un observatorio más pleno, el cosmos parecía un océano, en el que las estrellas aparentaban estar vivas, se movían, hacían guiños, temblaban.

Temblaban como mi piel, cuando él comenzó a acariciarme. Cuando encendió, con varitas que encontró tiradas, una fogata en el bosque y tendió un zarape en la caja de la camioneta. La vista era inmejorable. El parque, sus ojos, el cielo, el fuego, sus labios. Cuando abrió su pantalón y jaló mi mano para que acariciara su erección, casi me desvanezco, era tan intensa mi calentura que no esperaba ya otra cosa que sentirlo dentro. Tener todo eso para mí solita.

Pero de eso ya te cuento el martes, que se va a poner bueno. Hoy, ya me estoy pasando de letras.

Hasta entonces,

Lulú Petite

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