Servicio Militar

Como hoy es 19 de febrero, día del soldado, les dejo este texto publicado en El Grafico el 11 de marzo del 2011…
Querido Diario:

La primera vez que lo vi, me llamó como a las ocho de la noche. Dijo que se llamaba Sergio y que estaba hospedado en un motel de avenida Constituyentes. Yo andaba cerca, tomando café con una amiga, así que, me despedí, me subí al coche y a los quince minutos ya estaba tocando a su puerta.

Me abrió un chavito moreno, de unos veintitantos años, bajito, delgado, casquete corto, mirada tierna y cara seria. No es que estuviera uniformado, pero nomás por la percha era tan obvio que me iba a tirar a un honorable integrante de nuestras Heroicas Fuerzas Armadas, que si hubiera sido retén, sin chistar le habría enseñado mis documentos.

¡Ay los militares! Algo tienen que fascina, no sé si es fetiche o buena reputación, pero como que una sabe, cuando te vas a acostar con uno, que vas a ser bien atendida. No sé dónde les enseñen o cómo aprendan, no tengo idea de cómo, si se la pasan encerrados, saben ponchar tan bien. Además tienen una potencia sexual impresionante, siempre te dejan pidiendo esquina.

Claro, los militares están acuartelados, así que cuando los dejan salir, han de andar como doberman sin mecate, nomás buscando donde sacar el veneno. Digo, cualquier persona recluida de lunes a sábado sin ponchar, ha de salir arañando paredes o con melena en las manitas.

El asunto es que si juntas la urgencia, con la condición que tienen, tú ya estás pidiendo paz y ellos como si nada, siguen firmes y poniéndole sabroso hasta que la trompeta les toque la retirada, te ponen unas ponchadas que parece que te subiste a la montaña rusa o te montaste en un toro mecánico, de esas que al final no sabes si parchaste o te atropellaron.

Eso sí, están bien sabrosos, flaquitos, pero muy bien hechecitos. Sergio lo está: de piel oscura, casi sin vello, cabeza redonda, ojos muy negros, bajito para estar en el ejercito, pero con un cuerpo bien formado, delgado, correoso, con el abdomen marcado, los brazos macizos, las piernas bien duras y un bulto grande dibujado bajo el pantalón.

Tiene bien marcado el huesito del amor, ese músculo en forma de V, que se les hace a algunos hombres entre los muslos y el abdomen y que se antoja cañón para roerlo como conejita merendando un elotito tierno.

Desde que nos conocimos, Sergio me ha llamado un par de veces más, la más reciente fue hace unos días. Nos saludamos con un beso, puse mis manos en su pecho y él correspondió buscando mi trasero, tomó mi mano, la besó y la puso sobre su bulto, me encantó sentirlo grande, tibio y aún dormido.

Nos denudamos. Ya en pelotas, se veía todavía más rico, flaco, pero con los músculos definidos y un trasero espléndido, redondito y bien firme de esos que se antojan para clavar el diente. Se me acercó de nuevo por detrás, besando mis hombros, colocando sus manos en mis senos y bajándolas despacito desde allí hasta el ombligo, con su cuerpo adherido al mío y su sexo rozando mi trasero, estaba excitadísima.

Entre más me acercaba su miembro más se me antojaba, especialmente al sentirlo crecer. Se nota que es disciplinado, porque desde que se puso firmes, así se le quedó hasta que dijimos “rompan filas”.

Nos fuimos a la cama y allí comencé a acariciar su sexo con manos y labios. También acaricié su trasero y sus piernas, tan compactas y duras.

Con mucha habilidad, me tomó de la cintura y, sin necesidad de que yo dejara de consentirlo, me levantó y me puso de modo que su rostro quedó entre mis piernas. ¡A jijo! Igual no usa mucho la lengua para hablar, pero para otros menesteres, es un experto lingüista. Para cuando me hizo suya, ya estaba excitadísima.

El resto, fue entre una delicia y el maratón. Apenas podía creer la ponchada que me estaban dando, pericia y aguante bien equilibrados, no sé si entre las prácticas militares, también los enseñen a ponchar, no sé si les pasen películas, les den manuales o cómo le hagan, pero de que ponchan riquísimo, ni cómo negarlo.

Siempre lo he pensado, tengo varios clientes militares, de distintos rangos, estilos y temperamentos, pero todos ponchan como maquinitas entrenadas para satisfacer. Te agarran de un modo, te ponen de otro, son creativos y potentes, la bronca es que a ese ritmo, tirarte uno de esos es como atender a tres ciudadanos promedio.

Así que aunque me la pase bien y lo hagan tan rico, lo que es soldados, futbolistas y boxeadores ¡Ay nanita! No te ponchan, te acribillan. Pero bueno, después de las friegas que se meten chambeando, atenderlos cariñosamente no es una carga, sino un deber patrio, después de todo, si con ellos un servicio, es un servicio militar, pensándolo bien… en lugar de quejarme, voy a ver si ya me liberan cartilla.

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