Un pañuelo

 
Querido Diario:
 
-Estoy en la habitación 405- Me dijo después de una hora de estar esperando su llamada en un centro comercial.
 
Francamente soy impaciente, me choca esperar, pero en esta ocasión era normal que se tardara. A decir verdad la ciudad estaba de cabeza. Entre manifestaciones y el tráfico habitual de la hora pico, las calles parecían estacionamientos.
 
El centro comercial queda cerca del motel, por eso muchas veces, entre un compromiso y otro, mato el tiempo paseándome por las tiendas, comprando alguna baratija o simplemente me siento en una cafetería y, mientras tomo algo, aprovecho para revisar twitter, facebook y demás.
 
A veces me encuentro a una que otra colega y a algunos clientes que, probablemente por las mismas razones, frecuentan ese lugar. También allí, por azares del destino, conocí a Iván, el chavo con quien estoy saliendo, quien a pesar de ser mi vecino y de habernos visto muchas veces, fue hasta el día que nos encontramos allí cuando al fin nos presentamos y comenzamos algo que se está poniendo padre. Esa noche quedé de acompañarlo a una cena con su jefe y compañeros de trabajo. De esas veces que da gusto y nervios que te quiera presentar con la gente de su chamba.
 
Justo antes de recibir la llamada del cliente confirmando el número de habitación, me topé con Marcos un señor al que acababa de atender, un hombre maduro, guapo, de ojos verdes y solemne calva. Hacía unos minutos había sido mi cliente y ahora estaba como esperando a alguien a la entrada de un restaurante. Nos saludamos a distancia y yo fui por mi coche al estacionamiento, mientras bajaba entró una llamada de Iván, no contesté, simplemente me subí al coche y fui a trabajar.
 
Afortunadamente alcancé a llegar al motel justo antes de que se cayera uno de esos aguaceros furiosos. Subí a la habitación y toqué la puerta.
 
No te imaginas lo hermoso que estaba el cabrón que me abrió. Te juro que di un paso hacia atrás para revisar si había llamado a la habitación correcta. Era un chavo rubio, de unos veinticinco años, ojos verdes muy expresivos. Se parecía muchísimo a Alexander Acha, el hijo de Emmanuel.
 
Cuando pasé a la habitación la tormenta estaba más brava. El granizo golpeaba las ventanas haciendo parecer que terminarían por romperse, era tan fuerte el estruendo que resultaba difícil escucharlo, supongo que por eso no platicamos mucho.
 
Cuando me acerqué puso su mano en mi nuca y me dio un beso, despacito me empezó a besar el cuello, las mejillas, la frente hasta regresar a mi boca, que lo esperaba entreabierta. Me desabrochó la blusa y la fue resbalando por mi piel hasta quitármela, volvió a besarme el cuello, los hombros y los labios, mientras con un hábil movimiento de dedos me quitó el sostén, liberando mis pezones endurecidos, que rogaban los llevara a su boca.
 
Con sus labios en mis senos, sus manos en mis nalgas y el aguacero acribillando las ventanas, sentí unas ganas locas de que me hiciera suya, de que me tumbara en la cama y me cogiera con ese fuego que ya hacía arder la habitación.
 
Nos terminamos de desnudar a prisa, casi arrancándonos las prendas. Sin dejar de besarnos nos tiramos en la cama. Yo me puse flojita y lo dejé recorrer todo mi cuerpo con su lengua. Estaba tan caliente, que cuando acercó sus labios a mi sexo, el puro calor de su aliento me hizo estremecer.
 
Entonces me beso los muslos, metiéndome mano, acariciándome, lamiendo instintivamente entre mis piernas. Yo estaba encantada, disfrutando los esmeros de este hermoso chavo, dejándolo hacer y deshacer con mi cuerpo a su antojo. Cuando al fin me la iba a meter, me miró fijamente apuntando entre mis muslos la punta de su sexo envuelta en látex, sabía que me esperaba una cogida deliciosa. Así fue.
 
Cuando nos despedimos, la lluvia ya era apenas un chipi-chipi. Igual que nosotros, después de la tempestad el cielo recobraba la calma. Me despedí todavía sintiendo las pulsaciones del orgasmo palpitándome entre las piernas y haciéndome brincar el pecho. Le di un beso sabiendo que, probablemente, no volveré a verlo. Así es este negocio, la mayoría de los clientes te cogen una vez y nunca más. Supongo que es parte del encanto del oficio, el placer sin consecuencias ni compromisos.
 
Alcancé a llegar a mi depa con tiempo suficiente para cambiarme e ir a cenar con mi adorado Iván. Neta que después de atender clientes así, hasta me apena tener novio. Me di una ducha, me puse linda y, cuando llegó, bajé a recibirlo. Al subirme a su coche me disparó la primera sorpresa:
 
-Bebé, te vi en el centro comercial- Me dijo con calma antes de encender el coche, claro, yo quise que me tragara la tierra, pero no tenía nada qué reclamar, así que callé y lo dejé seguir.
 
-Ibas como alma que lleva el diablo- agregó- Llamé a tu teléfono, pero no respondiste. Comí allí con Don Marcos, mi jefe y habría querido presentártelo.
 
¿Alguna vez has sentido que tu estómago se hace atole? Ya te imaginarás el pinche susto. Ok, el mundo es chiquito como un pañuelo, pero ¿de tanto maldito pañuelo me tenía que tocar el pedacito con el moco embarrado? ¿Le caigo tan del nabo a la casualidad para que Don Marcos, el jefe de mi güey, sea el viejito que me cogí? ¿Qué decía? ¿Cómo escapaba? El carro ya estaba andando, además de tragar saliva. Ni para dónde hacerme.
 
Hasta el martes
Lulú Petite

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