Una tarde ajetreada

 
 
Querido diario:
 
Fue una tarde ajetreada. Como a las cinco atendí a un cliente. Se llama Marcos, es un hombre de sesenta y siete años, apuesto, casi calvo, con una franja de cabello blanco en nuca y sienes, ojos verdes muy expresivos, labios delgados y sonrisa apacible. Cara de inteligente. Seguramente hace no muchos años era guapísimo, aún ahora es atractivo.
 
Comenzamos con un sesenta y nueve. Yo, sentada en su cara, recibiendo entre mis piernas las caricias de su lengua y labios, me doblaba completamente para comerme su erección.
 
Después me tomó las piernas y las puso sobre sus hombros. Apretaba mis senos y jugaba con mis pezones, me gustó. Su pecho estaba tapizado de pelo gris, olía bien. Me penetraba despacio, pero con entusiasmo, sosteniéndose con las manos y metiéndomela con un movimiento suave. Se vino mientras besaba mis labios. Francamente lo disfruté.
 
Conversamos un rato. No intentó hacerme el amor de nuevo. A su edad, me dijo, terminar una vez ya es para presumirlo. A decir verdad, creo que exageraba, efectivamente es grande, pero en todo momento su erección fue perfecta y su desempeño vigoroso. No sé si los usó, pero con los medicamentos de hoy, la edad de la clientela se ha incrementado considerablemente.
 
Besé sus labios antes de irme, él sonrió y dijo que le gustaría volver a verme. Creo que quedó contento.
 
En el elevador revisé mi celular. Tenía varias llamadas perdidas de distintos teléfonos y tres de un mismo número. Quien llamó varias veces dejó también un mensaje de texto pidiendo que, si me era posible, le devolviera la llamada. Le marqué cuando subí al coche, quería que nos viéramos. Dijo que saldría de inmediato rumbo al motel.
 
Él estaba por Marina Nacional y yo en Patriotismo, el tiempo en llegar de un lugar a otro no debían ser más de quince minutos, así que volver a casa era una pérdida de tiempo. Fui a un centro comercial que está cerca del motel donde atiendo. El mismo centro comercial donde, gracias a la casualidad, hace casi dos meses me encontré con Iván, el vecino guapo con el que ahora ando.
 
Estando allí no pude evitar ponerme paranoica. Nunca le he preguntado a Iván qué hacía ahí, si va muy seguido, si corro el riesgo de volvérmelo a topar. Esa noche quedamos de salir a cenar y, francamente, a veces me pone de nervios saber que vivimos y nos movemos tan cerca que pueda llegar a descubrir más de lo que le he dicho.
 
Tenía un amigo que decía que la casualidad no existe, las coincidencias sí. La gente se encuentra por las cosas, lugares, horarios y costumbres que comparte. Con Iván son demasiadas las cosas que nos hacen coincidir, especialmente las geográficas. Tengo que ser muy cuidadosa para que no me cache en la jugada, o simplemente armarme de valor, confesarle que soy puta y que sea lo que tenga que ser.
 
Pasaron veinticinco minutos y el cliente no llamaba para confirmar el número de habitación. Comenzaba a impacientarme cuando entró su llamada:
 
-Discúlpame- dijo -voy en camino, pero el tráfico está imposible, supongo que todavía tardo una media hora.
 
Era de suponerse. Entre manifestaciones y el trajín habitual, la ciudad estaba de cabeza. Me senté a tomar una naranjada y a tuitear desde el teléfono.
 
Me encanta Twitter. Me divierte. He de aclararte que, con todo y mi oficio, no me considero una sextuitera, de esas que escriben con extrema vulgaridad y publican fotos tan explícitas que parecen tomadas durante sus consultas ginecológicas. Eso me parece de lo más grotesco. Prefiero comportarme en redes sociales tal y como soy, escribir lo que me viene a la cabeza, con algo de humor, mucho sarcasmo y un poco de picardía.
 
Claro, también escribo sobre sexo y mis servicios, pero más para estimular la imaginación de mis posibles clientes que para cachondearlos.
 
Estuve tuiteando un rato. Cuando alcé la vista vi a Marcos, el señor que me acababa de tirar, el cliente de sesenta y siete años, caminando por la tienda como esperando a alguien. Me vio y nos sonreímos a manera de saludo. Ya llevaba una hora allí y comenzaba a impacientarme cuando entró la llamada del cliente.
 
-Estoy en la habitación 405.
 
Cuando bajaba al estacionamiento entró una llamada de Iván, no le contesté, llevaba prisa y no habría sabido qué explicarle. Salí del centro comercial que está a dos minutos del motel, prácticamente de una esquina a otra. De cualquier modo el tráfico era verdaderamente pesado, de esas veces que ves cómo quienes van a pie avanzan más rápido que tú en coche.
 
Tardé quince minutos en llegar al motel, subí al elevador y toqué a la puerta de la habitación de mi cliente.
 
Escuché sus pasos acercarse. Ese justo momento en que respiras hondo para entrar al ruedo. Nunca sabes quién abrirá la puerta. Francamente no me importa la apariencia, con que sea limpio y amable me doy por satisfecha, lo cierto es que, tampoco me esperaba que me recibiera un tipo tan canijamente guapo como el que tenía enfrente. Y la tarde apenas estaba poniéndose interesante, pero te sigo contando el jueves.
 
Un beso
Lulú Petite

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