Gracias

Gracias

En la vida, desde el momento en que nos ponen a mamar del seno de nuestra madre, estamos acostumbrados a recibir. Después, ya más grandecitos y apenas adquiriendo conciencia nos sientan en una bacinica y descubrimos, con cierto alborozo, que nuestro tutor en turno festeja nuestras primeras «gracias» curiosamente así se les llama coloquialmente, hasta nos felicitan y en ocasiones, nos premian. A partir de ahí damos por hecho que todo lo merecemos, y que quienes nos quieren nos tienen que soportar hasta cuando la cagamos. Hablo de la generalidad de nosotros, aclaro. Y crecemos dando por hecho, quizá sin quererlo conscientemente, que de mayores las cosas funcionan igual. Hasta que nos enfrentamos al primer amor, y nos damos el frentazo de que nuestra contraparte piensa de igual manera. Entonces pensamos ¡cuánta ingratitud!

Le preguntaron en alguna ocasión a San Agustín cuál es el peor pecado y dijo que la ingratitud, pues de él emanan los demás. Vaya respuesta para darla en frío, obliga a la reflexión, pues pensándolo un poco, todos los pecados, entendiendo como pecado a eso que de alguna u otra manera violenta al prójimo, sin que necesariamente haya un Dios que lo vigile, provienen de nuestro egoísmo que se proyecta en nuestra ingratitud hacia los demás, el asesinato como el acto supremo de egoísmo, pues le privamos a un ser el don principal, la vida, la mentira y el robo, que nos ayudan las más de las veces a mantener un estatus o privilegio, etcétera.

Y somos desagradecidos con Dios (quienes creemos en él), cuando vamos al templo las más de las veces a implorar más que a agradecer, con nuestra familia y amigos que merced al amor que nos tienen nos toleran y perdonan todo, o casi. Con nuestro cuerpo cuando por orgullo, al pasar de los 40, nos hacemos tontos a la hora del examen de próstata, aunque sea evidentemente un beneficio hacia nosotros mismos, o el Papanicolau anual en el caso de las damas.

Incluso al portero que nos recibe, o al comerciante que nos atiende, al extraño que nos dice «salud» si nos escucha estornudar, o los ignoramos o les damos un mecánico «gracias» o un ininteligible «grsss», porque pensamos que es su obligación, pues para algo » se alquilan», o se los obliga la urbanidad, tratándose del extraño que nos detiene el elevador al vernos acercar.

Claro, hablo en el caso de la mayoría de nosotros, porque existe un porcentaje de la población que al decir «gracias», reflexiona en ese momento que la otra persona está efectuando un esfuerzo, lo mejor que puede,  dedicando una parte de su tiempo en atendernos, o que el interlocutor bien pudo hacerse el desentendido e ignorarnos. Y, si se fijan bien, esa gente que es agradecida, es, curiosamente, la más feliz.

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