Voyeur

Como cometí un error en cómo mandé mi más reciente colaboración a El Gráfico y no se entienden los últimos párrafos, acá va la versión completa (Voyeur y El vecino):
Querido Diario:
Iba saliendo de clase y me llamaron por teléfono.

-Si ¿bueno?
-¿Lulú? Hola, me llamo Alex. Me gustaría conocerte, bla, bla, bla…

Llegué a casa, comí, me di una ducha calientita y empecé a prepararme. Quedé de conocer a Alex a las cinco en el Villas, eran las tres y media. Salí del baño envuelta en una toalla, secándome el cabello. Me quedé mirando al ventanal de mi departamento, que va de pared a pared y da a una terracita. La calle se oía tranquila, apenas unos cuantos coches circulando. En el edificio de enfrente, casi todas las cortinas estaban cerradas, excepto la de un vecino. Allí estaba él, haciendo ejercicio en su caminadora, con audífonos y la mirada hacia abajo. Se veía guapo. Siempre me lo ha parecido cuando coincidimos en la calle, es un tipo delgado, con el cuerpo bien marcado, cara seria, siempre con la sombra de un rasurado subversivo. A veces me lo topo en la calle, pero no nos saludamos, especialmente porque siempre se aparece con su novia, una chava más o menos buenona, pero con cara de sope mal pellizcado. Me le quedé viendo desde mi depa. Sudando en su aparatito, corriendo, haciendo el justo esfuerzo por mantener esa figura que lo hace tan deseable.

Me metí a mi recámara y abrí el clóset. Lo primero que apareció fue un vestido blanco de tirantes, falda corta, buen escote y con la espalda al aire. Me lo compré hace unos días y se me antojó estrenarlo. Supongo que ver al vecino ponerse en forma me entusiasmó para también verme atractiva, aunque fuera para cogerme a un cuate que ni conozco.

Estaba sacando el vestido cuando sonó de nuevo el teléfono. Estaba en la sala, así que aún envuelta en la toalla, fui a contestar.
– Hola cariño- Me dijo alguien en el celular -¿Me podrías dar informes?

No me gusta mucho que me digan cariño, cosita, nena, ni demás adjetivos tipo Don Juan en tiempos de hambre, pero tampoco es motivo para ponerme mamila, así que le di la información usual, el preguntón agradeció y colgó. Era uno de esos curiosos con poca intención de convertirse en clientes.

A media llamada me di cuenta de que el vecino me estaba mirando. Evité que nuestras miradas se encontraran, pero vi con toda claridad que ya no estaba corriendo, que seguía en la caminadora muy despacito y sin quitarme los ojos de encima. Luego, luego ese condenado diablito lujurioso que me da los mejores consejos, hizo que me palpitara el erotismo.

Sabía que ya tenía su atención, podía coquetearle impunemente, enseñarle lo que podía encontrarse apenas cruzando la calle, sin parecer que me le estaba ofreciendo. Comencé por peinarme en la sala, casi frente a la ventana, dejando que la toalla revelara todo sin dejar ver nada. De esas veces que un pliegue deja ver un poco más del muslo, por otro se asoma un pezón, pero ninguno deja ver completa la mercancía.

Con la misma maña me maquillé, sentadita en el comedor, dejando que la ventana y la toalla deleitaran de a cuenta gotas a mi gentil y conocedor público. Tardé un rato en todo eso, tanto que corría el riesgo de caer en la monotonía y perder a la atenta audiencia. Era momento de la entrada triunfal de mis cremas corporales.

Abrí el pomo, unté en mis dedos índice y cordial un poco de crema para el cuerpo y dejé caer la toalla. Completamente desnuda comencé por masajear mis senos, mi abdomen, me abracé para poner crema en mis brazos y después untarla con delicadeza y muy despacito por mis piernas. Después me levanté, de espaldas al ventanal, unté un poco de crema en la parte trasera de mis muslos, me froté las manos y me metí a mi habitación.

Salí unos minutos después, ya con mi vestido blanco y los tacones. Me arreglé el cabello fingiendo que miraba mi reflejo en el cristal y, haciendo como que no lo veía, comprobé que ahí seguía con los ojos clavados a mi ventana. Luego me salí.

Llegué a mi cita con Alex más caliente que un pollo en rosticería. Me había quedado de ver con él a las cinco, en su hotel. En principio, sería un cliente más, el caso es que, todo el camino fui pensando en el vecino, en lo mucho que me excitó darle aquel espectáculo gratuito, dejarme ver, dejarme desear. Saberme observada por él me puso calentona. No sólo porque el hecho de que ser admirada estimula la autoestima de cualquiera, sino porque además el vecinito siempre me ha parecido un caramelote.

El asunto es que le di al vecino un espectáculo exclusivo de strip tease digno de un show de Las Vegas. Le enseñé poco a poco y con todas mis armas de zorrería, las delicias de mi anatomía. Después salí de mi departamento, me trepé a mi coche y me fui al motel, a atender a mi cliente. Todo el camino fui pensando en el vecino, en lo mucho que me gustó desnudarme frente a él, dejarme ver, dejarme desear y hacer como si no me diera cuenta. Lo imaginé deseándome desde su ventana, deseándome en su cama, masturbándose pensando en su vecinita de enfrente. Cuando Alex me abrió estaba tan cachonda que me le fui a los labios.

Desde que iba en el coche, rumbo al motel, estuve fantaseando con el vecino y, como después de todo me dirigía a un hotel a coger, decidí jugar a que Alex, mi cliente, sería el vecino guapo. Decidí que llegaría a su habitación, imaginando que era el departamento del vecino, que llegaría con el vestido blanco que él me vio ponerme. Que tocaría a su puerta y entraría para entregármele como si fuera el del departamento de enfrente. Por eso cuando entré a la habitación de Alex, llegué tan ganosa que no quería sino revolcarme con él en la cama.
Cuando abrió le di un beso de esos que no te esperas, demasiado íntimo para tratarse de una persona que nunca antes habías visto. Me invitó a pasar y detrás de mí, cerró la puerta. Me siguió por el vestíbulo, la habitación estaba semioscura, apenas iluminada por las luces de la cabecera. Él caminó detrás de mí, de pronto lo sentí acercarse, sentí su aliento en mi nuca, su lengua en mi oreja, sus manos bajando los tirantes de mi vestido, su sexo erecto rozando mis nalgas y su voz prometiéndome al oído.

– Quiero que lo pasemos muy rico. Te traigo muchas ganas.

No le contesté, sólo sonreí e incliné un poco mi cabeza hacia la derecha, para que su lengua pudiera pasar de mi oreja al cuello. Cerré los ojos e imaginé que eran las manos, la lengua, la cadera del vecino guapo las que me estaban haciendo estremecerme. El cliente, además, también estaba guapo y se veía buena onda. Me seguía lamiendo el cuello y yo dejándome consentir.

Poco a poco, empecé a reaccionar y mientras él seguía entretenido con mi cuello, yo llevé mis manos hacia atrás y me puse a hurgar en sus pantalones; le acariciaba por encima del pantalón, sintiendo las reacciones de su sexo que ya se sentía duro. Cerré los ojos pensando al vecino en su caminadora.
Él metió las manos bajo mi vestido, sin dejar de besarme el cuello, me subió la falda hasta la cintura. Entonces me dio vuelta y me besó apasionadamente, apretando mis nalgas con sus manos. Terminó de sacarme el vestido después de que yo le abrí el pantalón y le desabotoné la camisa. Me desabrochó el sostén y lo dejó caer mientras. Nos seguimos besando, sintiendo el roce de nuestras pieles, sus manos en mi espalda, el sabor de sus labios y la fricción de su pecho en mis pezones, duros como mármoles.

Me tumbé en la cama. Me quité la lencería y me puse a jugar un poco con mi sexo. Él se terminó de desnudar frente a mí, sin quitarme los ojos de encima, luego brincó al colchón buscando mis labios. Fue un beso largo mientras su mano paseaba entre mi abdomen y mi vulva.  Yo también busqué su sexo duro y me puse a masajearlo. Nuestros labios se entendían, besos limpios y pacientes. Yo, con los ojos cerrados, no dejaba de pensar en el vecino, en el espectáculo, en el deseo. Entonces le puse el condón y me acosté de espaldas, jugando de nuevo con mi sexo.

Se montó en mí, me levantó una pierna, la puso sobre su hombro y me la metió despacito. Hum, hum, hum… se movía rico. Yo estaba completamente lubricada y sentía como él embonaba riquísimo en mi cuerpo. Cambiamos varias veces de posiciones. Yo estaba boca abajo, abrazando una almohada cuando nos venimos al mismo tiempo.

Me volví a topar con el vecino guapo hasta el día siguiente, para no variar iba con su novia, la cara de sope mal pellizcado. Sonreí al salir de mi coche, viendo hacia el suelo, como si mi sonrisa no tuviera destinatario, después me arreglé el cabello con la mano mostrando cara y cuello, disparando a los ojos del vecinito una mirada retadora. Él se puso nervioso, abrió la puerta del coche a su novia y se subió de prisa ¡Para eso me gustaba! La cara de sope, se me quedó viendo como leona herida. No sé qué vio, pero se notaba en su mirada que llevaba al menos clavada la espina de la duda.

Un beso
Lulú Petite

5 comments

  • Anonymous

    Hola

    muy buen relato lulu, aunque en el grafico (digital) ya lo habia leido completo, de cualquier forma lo volvi a leer pk me encanta como escribes.

  • Anonymous

    Eres genial lulú pero coqueter y darse a desear le gusta a cualkira kerida y coger es placentero y grandioso e imaginate cuando es con amor. Pero q pasa cuand coges con alguien y despues la conciencia te mata?espero me des una gran respuesta bye.

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Comentarios